sábado, 20 de febrero de 2010

LA MARCHA DE LOS DIAS

Si los pasos supieran
que el camino se esfuma
detrás del horizonte
no habría persuasión para el olvido
ni lámpara encendida
en el desván
del tiempo receloso.

La noche no se nutre
del viento y sus corolas,
sus pétalos incautos,
los erizados peces
de su cielo infinito.

No remontes tus voces
como el velamen roto
de tu fantasma errante,
como buque perdido
en las aguas voraces
de tu miedo más hondo.

La soledad condensa
la bruma pesarosa
de tus ojos salobres.

Si la luz te redime
¿para qué delegar tus cicatrices,
la faena de tus seres ocultos,
la retina azarosa de tu música
en las manos del mundo?

Sólo el amor expía
la marcha de los días.

Ana María Garrido

viernes, 27 de noviembre de 2009

LEJOS DEL MAR

Lejos del mar,
sus puertos y su vórtice,
al margen del exilio,
la marea,
el vértigo,
el magma,
la rompiente,
mi soledad recoge
los frutos que le ofrece
tu acíbar
de vigilia y cadalso.
Me flagela tu olvido
de extramuros,
tu abandono de sepia,
de sépalo,
de salvia,
de salvaje agonía,
la pátina de miedo
que tapiza
las paredes
internas de mis sueños,
tu desidia sin aura y sin abrigo.
A la hora
en que la zaranda de la noche
decanta los fantasmas,
me refugio en mi reino
de ópalo y cenizas
.


Ana María Garrido

martes, 24 de noviembre de 2009

HOLOCAUSTO

Respiramos los mismos
vicios acorralados
que hace miles de años.
Los vetustos espejos
cercados por la noche
perdieron hace siglos
memoria de las formas.
Fantasmas polvorientos
subastan sus chaquetas,
sus enaguas,
su hastío
en agónicas ferias
pobladas de gemidos.
Silencio aguijoneado.
Agobio de las flores.
Con paciencia de liquen,
el sol recoge el polen
de plantas venenosas.
De los trenes descienden
pasajeros de humo.
En los andenes quedan,
adustas,
sombras de los ausentes,
los que nunca han viajado,
los que no regresaron.
Los que echaron
sus almas y sus cuerpos
abrumados de olvido
a la hoguera feroz del holocausto.

Ana María Garrido

miércoles, 18 de noviembre de 2009

martes, 17 de noviembre de 2009

EL OASIS Y EL PARAMO

¿Dónde encontrar
el eje de la vida
si todo está cumplido?
¿En el agua?
¿En las rocas?
¿En la simiente grave?

¿En el secreto peso de la luz
sobre tus párpados
recién tatuados por la luna?

No hay plegaria
que exceda los límites
de tus cuatro paredes temerosas
que el insomnio tapiza con sus lágrimas,
si no pones en ella
el fuego perenne de la Gracia.

Tres golpes en la puerta
no significan
que ha arribado el que esperas.
La luz en tu ventana
no es,
necesariamente,
el alba rumorosa
ni un farol en la noche desvelada.

Cada camino lleva consigo
el triunfo y la derrota,
el oasis y el páramo,
tu voz y tus silencios
en perpetua armonía.

No permitas
que el amor se consuma
como el agua dolida de una acequia
cuando arrecia el verano.

No hay certeza más honda
que el alma que te habita.


Ana María Garrido

viernes, 14 de agosto de 2009

EL DOLOR QUE NO EMIGRA

La soledad
toma formas difusas,
ingrávidas,
anárquicas.
Usurpa
los sonidos remotos
de esa música
que viene de la infancia,
del éxodo fragante del invierno
que siempre
duele más en la memoria.

Quien parte no comprende
la vulnerable
piel de la distancia,
la herrumbre silenciosa
del corazón que espera
sin celo ni codicia
los ritos redimibles del amor,
el dolor que no emigra,
la certeza del llanto
que muestra sus estrías
su sed
sus cicatrices
en el sublime
atrio de la luz.

Hay un rumor lejano
de lentas cacerías.
Hay luces con sordina,
acalladas,
erráticas
como pasos inermes
en la noche
de espejos infinitos,
la memoria del fuego
y su tácita sombra,
su espéculo de niebla,
su jubón de nostalgia.

Entre los huesos yermos
del sueño que se fuga,
la tempestad oprime
las pieles de la aurora
con su espuma de ausencia.
La luna tiene miedo
de alumbrar cuando llueve.
Los faroles se extinguen
a ras del abandono.

Y cuando la mañana
ofusca las retinas de los parques,
los perros de la noche
que todavía husmean
en las calles sin dueño
lamen en las veredas
los vestigios de muerte,
los cúmulos de olvido,
los terrones de llanto.

Ana María Garrido

martes, 7 de julio de 2009

ELLA INSOMNE

Cuando
ella regresa
de los laberintos
del insomnio
a caballo del viento,
y abre las puertas
de su casa
al alba,
la luz del sol
con su viejo mortero
deshace
las últimas sombras
que la noche
olvidó en los rincones.

Con los párpados,
la piel
y los cabellos
todavía tatuados por la luna,
ella desliza
sus pantuflas de lumbre
por las veredas
inmoladas al día.
Abril le prueba al barrio
las manufacturas del otoño
e inaugura los recintos del frío.

Ella entra al mercado
vestida de tumulto,
de cráter inconcluso,
de culpa y resolana.
La reciben
las frutas y los panes
con pulcritud de nube.

En el parque,
árboles sin memoria
la ven cruzar
sombría,
arcaica,
hospitalaria.
Se muere de abandono
ante la tarde con tentáculos
de agua luminosa.
Ella hunde sus pies
en el estanque
poblado de galaxias.
Llega a su puerta
en andas de los grillos
ocultos en el aire.
Luego,
extiende sus alas
de claustro
hacia el poniente
y en un vuelo de antorchas
y alondras sin recato
anida entre las ramas
brumosas
de los astros.

Ana María Garrido