lunes, 3 de febrero de 2014


INSOMNIO (¿por qué me maltratas?)

Veo cabezas de mendigos
rodar escaleras abajo
desde la cima roja del templo.
Oigo voces extrañas
junto a la fosa
donde acaban
de inhumar mi sombra.
Nadie supo
los pájaros ni el miedo.
Nadie escuchó
mi grito desvelado.
El venía
de adentro de la noche
con antorchas de sangre,
venía
a devorar mis ojos y mis manos
y ahora gira
en torno de mí
formando círculos.
Me desangra,
ne ahoga,
me desgarra.
Ya no veo su rostro
cubiertos por una máscara demencial.
Sólo oigo
el grito inagotable
que crece por mi sangre.
Mi cabeza desgarrada
rueda escaleras abajo
desde la cima
negra de la noche.
Me duele el sueño
de tanto girar
en torno de mi féretro.
¡Un siglo ya de insomnio!
Ahora sólo quiero
algún lugar tranquilo
dentro de la muerte,
algún bosque
callado y solitaria
donde cerrar los ojos.
Y descansar.


Ana María Garrido

martes, 3 de abril de 2012

LLUVIA

Intima persuasión
de la lluvia
pertinaz,
agorera,
terrosa,
terrenal,
territorial,
omnímoda,
ososa,
osario quieto,
barco encallado
de la luz acústica,
Alhambra,
abeto ciego,
martirio,
krill de ausencia,
simbiótica guitarra,
terrón tenso
de tendones humeantes,
barbijo de la luna,
fatigado
folíolo
del viento.



Ana María Garrido

domingo, 26 de febrero de 2012

LAS VOCES INFINITAS

No perturbes el sueño
con su avío,
su siembra,
sus dólmenes,
sus dogmas,
su fervor de verbena,
de paraíso intacto,
de arcilla,
de arboleda.
La inquietud no se fuga
como el humo sumiso
ni alimenta los pájaros
que profanan el viento,
el pan deliberado,
las semillas amargas,
los insectos,
el fuego.

El tiempo
que es monarca,
mendigo y alfarero
fatiga con sus grillos
el tedio de los puentes,
la pulpa del ocaso,
su secreto más hondo,
la íntima memoria
de lejanas batallas
libradas contra el miedo.
Es el dolor de ser,
de perpetuarse
en el leve linaje de la espiga,
en el áureo
retablo de los días
y su bagaje de voces infinitas.


Ana María Garrido

viernes, 21 de enero de 2011

EPIDERMIS

Es imposible atrapar
el humo despoblado,
ahuyentar los fantasmas
diseminados en las calles desnudas,
acallar a los testigos ciegos
que palparon
el agrio territorio nocturno
y gritaron a quien quiso escucharlos
que el sueño es una trampa
semejante a la muerte.

No hay manera de auscultar
el corazón de las rocas sedientas
ni sujetar las hélices del viento
que huele a quemazón,
a selvas incendiadas,
a verano con piel de catapulta.

En los ataúdes del silencio
la distancia oculta a sus amantes
de cabellera exánime
y dedos ancestrales
que destejen la lluvia.
La soledad esgrime
sus sables ateridos.

Cuando el tiempo pregunta
por sus cosas perdidas,
sus papeles secretos,
su desdentada música
el latido impreciso
de los viejos relojes
arrumbados en el fondo del mar
despierta a los volcanes olvidados
en inhóspitas islas
y cubre la epidermis del planeta
con su grave mortaja de diluvio.



Ana María Garrido

jueves, 21 de octubre de 2010

sábado, 20 de febrero de 2010

LA MARCHA DE LOS DIAS

Si los pasos supieran
que el camino se esfuma
detrás del horizonte
no habría persuasión para el olvido
ni lámpara encendida
en el desván
del tiempo receloso.

La noche no se nutre
del viento y sus corolas,
sus pétalos incautos,
los erizados peces
de su cielo infinito.

No remontes tus voces
como el velamen roto
de tu fantasma errante,
como buque perdido
en las aguas voraces
de tu miedo más hondo.

La soledad condensa
la bruma pesarosa
de tus ojos salobres.

Si la luz te redime
¿para qué delegar tus cicatrices,
la faena de tus seres ocultos,
la retina azarosa de tu música
en las manos del mundo?

Sólo el amor expía
la marcha de los días.

Ana María Garrido

viernes, 27 de noviembre de 2009

LEJOS DEL MAR

Lejos del mar,
sus puertos y su vórtice,
al margen del exilio,
la marea,
el vértigo,
el magma,
la rompiente,
mi soledad recoge
los frutos que le ofrece
tu acíbar
de vigilia y cadalso.
Me flagela tu olvido
de extramuros,
tu abandono de sepia,
de sépalo,
de salvia,
de salvaje agonía,
la pátina de miedo
que tapiza
las paredes
internas de mis sueños,
tu desidia sin aura y sin abrigo.
A la hora
en que la zaranda de la noche
decanta los fantasmas,
me refugio en mi reino
de ópalo y cenizas
.


Ana María Garrido